sábado, 8 de diciembre de 2007

CÉSAR VALLEJO


Otoño es en Perú. En París, primavera; no obstante él siente el tiempo de Perú y su epidermis registra las voces del frío que empiezan a cantar cuando el alba ya da su primera luz por la ventana peruana, pero él sigue acostado en París, enredado entre una sábana que cada día le parece más calata, fría, sin alma: la risa del frío le da una cachetada y tiembla y los ojos no quieren abrirse... Los minutos no gatean, ni caminan, y cuando salen de su noche ni siquiera se persignan, sólo corren y corren y corren, a cada paso más rápido y ya es tarde para abrir los ojos, ya es tarde para atender la vida, estás afuera… Cesa el clamor de regresar a su país natal.“César Vallejo ha muerto”… Indiquemos, mejor, que ha resucitado, o citando a la realidad: nunca ha muerto. “Cuando alguien se va, alguien queda.” No sólo por sus palabras que reemplazaron a las semillas en la vida, sino por toda la acción sacrificada que desvistió su alma hasta dejarla y que convive aún con nosotros: más vivo que nosotros mismos. Su nombre lleva impregnado el olor peruano y el dolor mundial de los maltratados por el Estado, la injusticia, aquellos que visten prendas de tachuelas en el trabajo para vivir, o como es usual decir, sobrevivir.De la mano de la miseria, el hambre, la techumbre de su casa tapizada por la noche y la cama de lágrimas, vio el fulgor un 16 de marzo hace 116 años, en Santiago de Chuco, y sintetizó “Yo nací un día que Dios estuvo enfermo, grave”, siendo el último retoño de los ya doce hijos. Su vida misma constituyó el embrión de su razón por la cual cristalizó en sí aquella manera genuina y espléndida de martillar su sentimiento en cada madero de sus palabras, irradiada en renglones eternos de queja y dolor humanos, pues “hay golpes tan fuertes en la vida”, y sí que los supo. Su hermano Miguel y su madre se murieron (“Dios mío tú no tienes Marías que se van”) cuando aún llovía sobre su piel el ornamento de la juventud. Injustamente encarcelado por 112 días escribe Escalas melagrofiadas y fracción de su excelso poemario Trilce, título del que aún hoy se trata de saber su exacto significado.Ha dejado sus letras empapadas en todo recoveco: poema, ensayo, cuento, novela, teatro, crónica… Su obra, diluvial y ostentosa: un lienzo divino de dolor, rebeldía, color claroscuro, pinta que sea uno de los escritores que comande el pináculo de la mitad del S. XX. De suntuoso bocado en sus versos y de un glamour perenne en el sufrir, la vida y sus derroteros poblados de féretros; Vallejo ha sido, es y seguirá siendo un ícono en la poesía, junto con otros extraterrestres de la lírica y por ello es estudiado en las páginas universales."Yo no sufro este dolor como César Vallejo. Yo no me duelo ahora como artista, como hombre ni como simple ser vivo siquiera... Hoy sufro solamente". Y ahora, abril, “como es hoy de otoño” en Perú, se cumple 70 años de su partida a la eternidad. La oscuridad de la muerte lo sepulta un “Viernes Santo más dulce que ese beso” 15 de 1938, en la mañana de la ciudad parisina, vaticinada por él: “Me moriré en París con aguacero/ un día del cual tengo ya el recuerdo”, pero no hubo aguacero sino en Perú, y lo sigue habiendo: aguacero de homenajes y de frutos que sus versos sembraron.Los aplausos se propagan, se encienden desde los corazones hasta aquel verso que Georgette clavó en su lápida un dieciocho de abril, tres días después de su fenecer y Vallejo siente que vive otra vez. Y, desde luego, vivirá siempre.
*
Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... Yo no sé!
Son pocos; pero son... Abren zanjas obscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán talvez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
(Fragmento de: LOS HERALDOS NEGROS)

Dios mío, estoy llorando el sér que vivo;
me pesa haber tomádote tu pan;
pero este pobre barro pensativo
no es costra fermentada en tu costado:
¡tú no tienes Marías que se van!
Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.
¡Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!
(fragmento de: LOS DADOS ETERNOS)

—No vive ya nadie en la casa —me dices—; todos se han ido. La sala, el dormitorio, el patio, yacen despoblados. Nadie ya queda, pues que todos han partido.
Y yo te digo: Cuando alguien se va, alguien queda. El punto por donde pasó un hombre, ya no está solo. Únicamente está solo, de soledad humana, el lugar por donde ningún hombre ha pasado. Las casas nuevas están más muertas que las viejas, por que sus muros son de piedra o de acero, pero no de hombres. Una casa viene al mundo, no cuando la acaban de edificar, sino cuando empiezan a habitarla. Una casa vive únicamente de hombres, como una tumba. De aquí esa irresistible semejanza que hay entre una casa y una tumba. Sólo que la casa se nutre de la vida del hombre, mientras que la tumba se nutre de la muerte del hombre. Por eso la primera está de pie, mientras que la segunda está tendida.
(Fragmento de: NO VIVE YA NADIE)

Vengo a verte pasar; hasta que un día,
embriagada de tiempo y de crueldad,
vaporcito encantado siempre lejos,
la estrella de la tarde partirá!
Las jarcias; vientos que traicionan;
vientos de mujer que pasó!
Tus fríos capitanes darán orden;
y quien habrá partido seré yo...
(Fragmento de: BORDAS DE HIELO)

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