
No creo que en el planeta que nos toca vivir exista una mujer de las características específicas de la niña mala y si lo hay espero no ser yo el Ricardito.
Cuando inicié la lectura, confieso, quedé algo desilusionado con Vargas Llosa, pues no me gustó del todo. Es decir no me atrapó desde el principio. Seguí, a picotazos titilantes, caminando por los renglones y así fue que, no me atrapó ni me ahorcó, me enamoró de la forma más extraña, me tiró a su cama de vaivenes de la historia y quedé a sus pies, como un Quijote a su Dulcinea.
Hay momentos y momentos donde abarca la catarsis en todo uno. No me faltaron, también, las ganas de asesinar a las hojas en donde la niña mala explaya una frialdad casi, o quizá, inhumana, dejando al enamorado e imbécil Ricardo en el salón lóbrego de la depresión una y otra vez y otra vez. Él intenta, abrumándose de trabajos, despejar la silueta de la niña mala, evadir sus recuerdos y con ello el amor sofocante que le saca del plano terrenal. Y sin embargo, de nuevo como un Lázaro del averno resucita ella, perturbando a la ya alma haraposa del señor niño bueno, el pichiruchi.
Es un poder providencial, una manera extraordinaria cómo Mario Vargas logra sostener y cautivar al lector. Vivir lo que se lee, sentir hasta la propia enfermedad que acaece al personaje, es el prodigio que Vargas Llosa utiliza con suma naturalidad y que contagia de manera casi sumisa a la vista, sin morder pausas si quiera para respirar.
Aunque, de mi perspectiva, no es la mejor novela que he leído de él, es una magnífica novela que ningún mortal debe dejar de leer. Será preso de todo lo que sucede en cada país, en cada arca de los sentimientos de cada personaje y le abrirá los ojos de las vestimentas disímiles del amor.
1 comentario:
Hermoso síntesis sobre la novela
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